La ciudad deseada

Charming storefront with red doors and glass entry, featuring TIENDA sign.

Gentrificación, inversión y el derecho a pertenecer

Group of adults working inside a stylish city cafe, showcasing modern work culture.

Por ME Redondo

Doña Irma enviudó muy joven. Durante más de veinte años, tuvo que afrontar ella sola la ardua tarea de abrir su tiendita cada día a las siete en punto. Una mañana, su cortina no abrió más. Así permaneció durante algunas semanas, hasta que un día el local resurgió, ahora convertido en una tienda de bowls de açai, con letras cursivas, plantas colgantes y una banca donde antes estaban las cajas de refresco. Un cambio que, en un primer momento, olía a vida y renovación.

Con el tiempo, a la tienda de doña Irma le siguieron la zapatería de Ernesto y la cerrajería de los hermanos Ramírez, con resultado similar: se transformaron en lugares muy coquetos, pero la sensación era extraña. Decoración minimalista, colores tierra, aromas seductores… Parecía… En realidad, se parecía a cualquier otra calle de Berlín, Madrid o Nueva York.

Irma, Ernesto y los Ramírez son personajes ficticios, pero basados en hechos reales. ¿Acaso no tenemos todos una tiendita de barrio, una zapatería, una vecina y una calle que ha empezado a cambiar demasiado rápido, que nos hace pensar en ellos? Esa percepción no es solo anecdótica: está respaldada por datos y por una conversación urbana que crece.

Según WeBook Realty, cada día 95 propiedades en México son adquiridas por compradores extranjeros, especialmente estadounidenses. La cifra ha circulado con fuerza en redes sociales y medios, provocando malestar por las consecuencias que ya son palpables en cualquier ciudad mexicana, pero en especial en las grandes capitales y ciudades turísticas: aumento de precios, desplazamiento residencial y cambios drásticos en la vocación original de algunos barrios.

Efectivamente, estamos hablando de la gentrificación. ¿Pero en qué consiste realmente este proceso? ¿Es, por definición, un concepto negativo? ¿No es acaso una buena noticia para los ciudadanos que se renueven barrios y zonas de la ciudad que se encontraban en el abandono y con graves carencias en los servicios básicos?

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El doctor Adrián Hernández Cordero, geógrafo y profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, y jefe del Departamento de Sociología de la UAM-I, nos ayuda a aclarar esta aparente confusión. En entrevista para Gardo, explica que la gentrificación, por definición, “es un cambio poblacional en el cual un sector de la ciudad o un barrio experimenta transformaciones en los cuales se desplaza o sustituye a la población que vivía allí, principalmente de pocos ingresos, la cual es sustituida o desplazada por población de ingresos medios”.

El especialista plantea que este fenómeno se puede entender a partir de cuatro dimensiones: la primera es la reinversión de capital en zonas que habían perdido valor económico y social, y que resultan atractivas para comprar barato y vender caro. “Se genera lo que se conoce como el rent gap: el diferencial de renta”.

La segunda dimensión es el cambio comercial: aparecen galerías, restaurantes, museos y centros culturales que reconfiguran la vida cotidiana. El tercer rasgo, dice el experto, “está vinculado con la llegada de nuevos habitantes, principalmente de sectores medios, con un alto capital cultural […] gente que ya no quiere vivir en las periferias y prefiere zonas céntricas”.

Adiós a los amigos de siempre

Y el cuarto elemento es el más delicado, ya que consiste en el desplazamiento de los habitantes originales. “Por culpa del incremento en el valor del suelo, en los servicios, en la propia vida, terminan yéndose porque ya les resulta impagable”, observa Hernández Cordero, quien pone el dedo en una de las consecuencias más graves de este hecho: la pérdida emocional. “Se va la tortillería, los amigos… y el espacio de encuentro se va erosionando”, señala.

Por eso, no es casual que algunos actores políticos llamen a la gentrificación un “concepto sucio”. Hernández Cordero lo explica así: “Tiene una connotación crítica respecto a los procesos urbanos que están ocurriendo y que tienen en su máxima expresión de violencia el desplazamiento de las personas pobres”. Cuando se ponen los focos solo en lo positivo, hablamos de regeneración o renovación urbana, señala el experto, quien aclara que la gentrificación siempre “evidencia un conflicto de clase en la ciudad”.

Como advierte el urbanista Richard Florida en The New Urban Crisis, “la combinación de desigualdad económica y segregación espacial no solo genera una desigualdad de recursos, sino una desigualdad permanente de oportunidades”. Desde esta mirada, el problema no es el cambio en sí mismo, sino que ese cambio —cuando no es regulado— puede profundizar las brechas sociales en lugar de cerrarlas.

Algunas ciudades han comenzado a tomar medidas. Hernández Cordero señala el ejemplo de Barcelona como paradigmático: “Se reguló el mercado del alquiler turístico y se decidió que en la zona central ya no se autorizaran licencias para pisos turísticos”. En contraste, menciona el caso de Oaxaca como un ejemplo negativo: “Los centros históricos se quedan vacíos porque es más redituable una vivienda de alquiler turístico que una vivienda convencional. […] Con el turismo se pierden las relaciones sociales que dan la dinámica a la ciudad”.

Y no solo se trata de las ciudades. “El programa Pueblos Mágicos ha generado otra vuelta de tuerca de la gentrificación […] porque ahora también avanza sobre lo rural”, comenta el experto, alertando sobre una homogeneización preocupante: “Las ciudades se vuelven genéricas y se puede hablar de un urbicidio”.

Frente a esto, el papel del gobierno se vuelve crucial. “El factor estructural es la desregulación del uso del suelo. Si no hay políticas públicas fuertes, los grandes tenedores imponen su voluntad”, dice el académico. Por ello, aboga por planes de vivienda social protegida y una zonificación justa. Santa María la Ribera, por ejemplo, “sí está viviendo un proceso de gentrificación, pero al tener un buen número de viviendas de interés social, permite que existan espacios de convivencia democrática”.El cierre no es necesariamente pesimista. Como apuntaba Jane Jacobs en The Death and Life of Great American Cities: “Las ciudades tienen la capacidad de ofrecer algo para todos, solo porque, y solo cuando, han sido creadas por todos”. Y como concluye Hernández Cordero, “hay que tener una perspectiva mixta de las renovaciones. La clave está en apoyar políticas de mezcla social para generar ciudades más democráticas e incluyentes”, donde una Doña Irma o un Don Ernesto puedan ser unos vecinos más a los que saludar cada mañana, no rarezas nostálgicas en peligro de extinción.

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